HISTÓMICRON: Frankenstein: El mito literario y la adaptación al cine

Francisco J. Segovia Ramos
 Por Francisco Segovia Ramos

 

 

Frankenstein, o el moderno Prometeo, es una de las mejores novelas góticas escritas jamás. Cuando la publicó allá por 1818 (justo hace dos siglos), su autora, la británica Mary W. Shelley, no imaginó hasta dónde llegaría su personaje. No el hombre, el doctor Victor Frankenstein, sino su criatura, el monstruo al que nunca puso un nombre.

El mito creció poco a poco hasta hacerse un hueco importante en la cultura popular y, por qué no decirlo, intelectual y artística. Frankenstein representa la aspiración de cualquier ser humano por alcanzar la gloria o el recuerdo eternos, y también que muchas veces es mejor no ver cumplidos los deseos más absolutos.

La novela ha sido objeto de muchos análisis desde casi todos los puntos de vista; desde la lucha feminista hasta la crítica a la ciencia que sobrepasa determinados límites. Me centraré, empero, en la visión cinematográfica de la obra o, mejor dicho, del ser creado por el personaje que la intitula. Porque, a pesar de las grandes películas que se han realizado sobre Frankenstein, pocas, por no decir ninguna, consiguen captar ese regusto entre amargo y maravilloso que queda al lector tras leer la novela. El espíritu gótico, la narrativa en clave epistolar (típica en muchas obras góticas de la época), el trasfondo de las exploraciones al ártico y antártico, la represión femenina de la época y, sobre todo, la confrontación entre ciencia y religión, entre el hombre y Dios, han quedado apagadas, cuando no olvidadas sin más, al centrarse en el elemento más emblemático y contundente de la obra de Shelley, el monstruo.

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Monstruo al que todavía hoy muchos llaman Frankenstein, identificando al creador con su criatura. Algo similar, aunque no en el mismo sentido, a lo que sucedió al gran Doyle con su Sherlock Holmes, donde el personaje devoró a su autor. En esta ocasión, murmurar Frankenstein a las sombras es convocar la alta y cosida figura de su monstruosa creación y no a su forjador.

Frankenstein ya fue objeto de obras de teatro en época de la misma Shelley, pero es con el cine cuando empieza a hacerse un hueco en la nueva mitología de los siglos XX y XXI. La primera versión es de 1910, solo interesante por ser la primera datada. Es la de 1931, dirigida por James Whale la que marca el principio de la resurrección del monstruo para los civilizados hombres y mujeres del siglo XX.

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Una película en blanco y negro, por supuesto, cuyas imágenes impactaron en su época y, también hay que decirlo, lo siguen haciendo cada vez que se visualizan en los cines o la televisión. Fragmentos icónicos dignos de guardar en las mejores videotecas, como la escena en la que Victor Frankenstein (interpretado por Colin Clive), ve moverse al monstruo (un Boris Karloff que no musita una sola palabra en toda la película y que obtuvo el papel tras la renuncia de Bela Lugosi por esa misma razón), y repite varias veces: está vivo. La electricidad, el aparataje enrevesado y chispeante de un escenario opresivo, y la presencia de la novia del doctor, su ayudante y otro médico, realzan el nacimiento de un ser que caminará con pasos dubitativos y gesto frío, inhumano.

Otro fragmento a reseñar es el del encuentro del monstruo con la pequeña María, la niña con la que arroja flores al estanque antes de matarla. En una primera versión, la escena explícita donde la coge y la lanza al agua no aparece, y fue recuperada después en versiones posteriores con lo que pierde gran parte de su fuerza expresiva, que en la versión cortada sugería más que mostraba, que es la mejor forma de contar una historia de terror.

La película se desarrolla al hilo de lo habitual en las películas de la época, con unos personajes que se definen en los primeros minutos, el monstruo que aparece y provoca la destrucción a su paso, y un final apocalíptico: el castigo divino tanto al creador como a su monstruo. Un final feliz, típico del Hollywood de esos años ya que el doctor, culpable a fin de cuentas de las atrocidades de su criatura, logra sobrevivir y casarse. Final que, poco después, vería una segunda parte, con los mismos actores en los papeles principales: La novia de Frankenstein.

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La novia de Frankenstein, segunda película de la saga y, quizá, superior a su hermana mayor, se rodó en 1935. Continúa donde acabó la primera, y nos muestra escenas que aparecen en la novela y no fueron rodadas en el film de 1931. Podría decirse que ambas forman una unidad lógica, creíble, fílmicamente perfecta, y que ambos filmes deberían verse uno a continuación de otro, como un todo uniforme. En esta segunda película, no obstante, el monstruo sí habla en varias ocasiones para mostrar sus sentimientos y convertirlo, también por vez primera, en un ser cercano al hombre, digno de conmiseración y ayuda.

La película también fue un éxito de taquilla y, como sucede demasiadas veces, por desgracia, Universal Pictures quiso exprimir este jugoso personaje con películas que no tienen ni el magnetismo ni la gracia de sus dos primeras entregas. No hablaré pues de filmes como El hijo de Frankenstein, La maldición de Frankenstein o Frankenstein contra el monstruo del infierno (ya los títulos nos indican que se trata de una franquicia en proceso degenerativo).

En los cincuenta, la Hammer, productora británica especializada en llevar al cine obras de Poe, se atrevió también con la figura de Frankenstein, con Christopher Lee haciendo de la criatura. Película esta y sus secuelas (que las hubo, y en cantidad), interesantes de ver pero que poco aportan y en nada mejoran las versiones de veinte años antes.

Ya en 1994 se produce la que se considera por muchos la versión más fiel a la novela: el Frankenstein del director Kenneth Branagh, que también interpreta al doctor. Con los años, sin embargo, la película muestra carencias notables que no pueden ser ocultadas por sus aciertos puntuales.

Branagh se muestra receptivo y dispuesto a reflejar el estilo y la trama de la novela de Shelley como nunca antes se había hecho. Su monstruo, interpretado con una genialidad exquisita por Robert de Niro, es el más parecido a la figura literaria que jamás se haya filmado. Pero fuera de esto y de una fotografía muy cuidada, la película adolece de acción excesiva, diálogos forzados, imágenes innecesarias y una trama confusa y enrevesada en muchos momentos.

Y es que su Frankenstein no se empapa del espíritu gótico de la obra de Shelley salvo en un par o tres de ocasiones (la escalera retorcida de la mansión o el laboratorio repleto de instrumental), ni crea tensión ni provoca sentimientos de lástima o compasión por el monstruo.

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Los protagonistas deambulan por la pantalla con poses forzadas o corriendo de aquí para allá y gritando exaltados o fuera de sitio. Los personajes secundarios (entre ellos el actor F. Murray Abraham, que dio vida a Mozart en Amadeus) apenas son unas sombras que pasan y no deja huella, lo que supone un desperdicio imperdonable. Las escenas en Ingolstadt y la universidad son confusas y mal aprovechadas, y la parte en la que el monstruo conoce al ciego y su familia, a pesar de ser de las mejores del film, adolece también de demasiada precipitación y sobreactuación en sus protagonistas.

Planos sin sentido, con poses para la cámara y sobreactuación en muchos momentos y un monstruo al que los primeros planos agotan casi enseguida. Ni Branagh, ni Helena Bonham Carter (que interpreta a su hermana adoptiva/esposa), llegan en ningún momento a igualar las dotes de Robert de Niro. El despropósito final, en un guión necesitado de revisión, es esa resurrección forzada de la esposa de Victor Frankenstein, que sustituye al cadáver de la mujer que, en la novela, destruirá para no convertirlo en la esposa del monstruo. Un giro de la trama que ni convence ni agrada porque es otro brindis al espectáculo sin más, con otra pretensión fallida de espantar o levantar al espectador de la butaca. Quizá, si Branagh hubiese seguido casi punto por punto la novela de Shelley –con los oportunos y puntuales cambios en la trama porque el medio expresivo es distinto-, con esas mimbres que maneja hubiese conseguido una obra mucho más redonda e imperecedera. Su apuesta se queda a las puertas, sin más.

La película intenta atraer a los espectadores con sus artificios de efectos especiales iniciales (la escena del barco chocando contra un iceberg o la lucha de los perros contra una figura aun sin definir) y se olvida de que es la trama profunda, aquello que Shelley narra en su novela con una maestría difícil de superar, lo que de verdad atrapa a quien la lee, escucha o mira. Branagh se pierde en la aventura y olvida el mensaje final de la historia de la escritora británica. El film, en definitiva, se convierte en una película de acción con unas pocas escenas intimistas (el encuentro en el glaciar, por ejemplo), que no consiguen en ningún momento elaborar una línea argumental sólida y convincente.

No es mala película en conjunto, no se entienda mal este análisis, pero tampoco es el culmen del cine en cuanto al mito de Frankenstein se refiere. Aun habrá que esperar a la versión definitiva, o cuasi-definitiva, de la obra de Shelley. Algo que, a la fecha, no parece previsible, y eso que estamos en el segundo centenario de la creación de una de los personajes más reconocidos e inspiradores de la literatura universal. Mientras, tomémonos todas estas versiones cinematográficas de Frankenstein como otra forma de contemplar al monstruo más famoso de todos los tiempos.

Fotos: Frankenstein, editorial Anaya /  Frankenstein, Universal Picture, 1931 / La Novia de Frankenstein, Universal Picture, 1935. 


Francisco J. Segovia RamosEspaña

Francisco Segovia  Ramos

Granada, España, 1962. Ha ganado, entre otros: el IV Certamen de Relato del Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror La Mano, de Alcobendas, Madrid; el I Certamen de Novela Corta de lectura Fácil; el IV Certamen Internacional de novela de ciencia ficción “Alternis Mundi”; el XXVII Premio de Prosa de Moriles; el II Certamen de Cuentos “Primero de Mayo”, Argentina; y el I Premio de Novela corta de lectura fácil. Obras: “El hombre tras el monstruo” (2017), “La Promesa” (2015), “Los Náufragos del Aurora” (2015), “Viajero de todos los mundos”, (2014), “Los sueños muertos”, (2013), “Lo que cuentan las sombras”, (2010); “El Aniversario” (2007). Partícipe en numerosas antologías de poesía y relato con otros autores. Otras actividades: Colaborador en revistas y periódicos digitales. Participa habitualmente en la Semana Gótica de Madrid. Miembro de la Asociación española de Fantasía, ciencia ficción y terror, AEFCFT.

En su bitácora literaria personal puede seguirse su trayectoria:

http://franciscojsegoviaramos.blogspot.com.es/

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