CRONISTAS ÓMICRON: Siete días por semana

FotoContratapa

Por Carlos Federici

 

 

Me despertó el olor a las tostadas quemadas y el repiqueteo de la tapa de la cafetera dando contra el suelo. Un desayuno típico de Vicki incluye todo eso, a tal punto que el pan chamuscado es ya una de mis debilidades… Después de todo, un aroma así tiene sus encantos.

Había otro tipo de fragancias también, desde luego; efluvios que se empeñaban en demorarse entre las sábanas. Parte de ellos provenían de la piel de Vicki y también de la colonia con que se rociaba el pelo. Alguna vez me había emocionado con esas sensaciones olfativas, pero hoy día me dejan impávido, qué quieren que les diga.

—¿Qué hora es? —inquirí, con voz aún semidormida.

Le pude dirigir la pregunta solo mediante un retorcimiento de cuello, sin necesidad siquiera de incorporarme en el lecho. Una de las ventajas de este diminuto alojamiento nuestro, con la cocina a cuatro pasos de la cama.

—Todavía podés quedarte unos minutos —repuso ella.

El tono de su voz me sonó a aburrido, pero calculo que el mío habrá sonado más o menos lo mismo. Ambos ya conocíamos de sobra la mutua geografía (hablo en términos a la vez literales y metafóricos) como para exaltarnos durante los periodos vacacionales…, aunque no voy a negar que en un principio solía esperar bastante ansiosamente esos respiros anuales de diez días.

Bostecé. Luego de revolverme un poco entre cobijas, acabé sentado en la cama, rascándome la cabeza con ganas. El frescor del piso embaldosado, donde apoyaba los pies, me resultó agradable, de manera que decidí quedarme descalzo hasta que fuese hora de salir. El reglamento establece que uno debe estar completamente equipado media hora antes de que llegue el heli; ¿pero qué sería la vida sin estas pequeñas transgresiones a la norma, digo yo?

—¿No sabés si hace buen tiempo? —le pregunté a Vicki.

—El indicador marca “soleado” —me informó ella. Como de costumbre, se apuraba a sacar las tostadas y hacía mohines de dolor al sentir las puntas de los dedos escaldadas—. El café ya va a estar, gordo.

Me dice así cariñosamente, claro. Dado el programa de ejercicios físicos de la base (siete días a la semana, al levantarse y antes de acostarse), es obvio que no llevo un gramo de grasa superflua, excepción hecha de la región glútea; pero esto último es consecuencia de las largas horas que debo pasar sentado frente a la consola.

Estuvimos mordisqueando las tostadas (¡juro que voy a extrañar el regusto a carbón cuando me falte!) y sorbiéndonos el café dulzarrón que a ella le gusta, hasta que por fin se encendió la luz roja de la pared.

—Llegaron —masculló Vicki, por el lado de la boca libre de migajas.

—Ajá —comenté.

No podríamos haber oído el ruido de los motores, como tampoco enterarnos del clima reinante, a causa de lo hermético del aposento que compartimos. No hay ni un triste tragaluz. “Seguridad”, dicen ellos, y al mismo tiempo tratan de convencerlo a uno de las ventajas de la intimidad, aunque sea forzada. Todas las comunicaciones están estrictamente reglamentadas. A veces me da curiosidad pensar en cómo serían aquellos días de que hablaba mi abuelo, con conexión de TV cable, teléfonos celulares, blogs y páginas web para cualquiera que los quisiera usar… Pero uno se acostumbra a todo con el tiempo, creo.

Veterano en estas lides, me bastan segundos para alistarme. Todo es a base de cierres relámpago y broches; en cuanto al afeitado, me lo hago siempre la noche antes. Luego, con el casco de vuelo puesto, ¿quién puede decir si uno se pasó el peine o no?

Cambié las frases de rigor por el intercom, metí la tarjeta en la ranura de la puerta y, tras deslizarse esta hacia un lado, salí a campo abierto, para ascender al heli, que me aguardaba ronroneando bajo el sol matinal. Ya ubicado junto al piloto, recordé que una vez más se me había olvidado despedirme de Vicki. ¡Qué más remedio!… Tal vez el próximo año fuese menos distraído.

Este piloto, por suerte, no era de los que hacen bromas respecto a las vacaciones (por su connotación de desahogo erótico, ya saben), así que volamos en silencio por encima de campiñas y desiertos, absorto él en su pilotaje, y yo rumia que rumia la amargura de tener que reintegrarme al yugo. Tenía la friolera de un año por delante, encerrado con Bolívar, en turnos alternos de ocho horas, siete días a la semana… Y las horribles raciones reglamentarias, y los vídeos “de esparcimiento”… Solo de pensar en todo eso me recorrió un escalofrío.

—Hay calefacción —gruñó, a mi lado, el piloto—. Si quiere…

—Deje, así está bien —farfullé, a mi vez.

Luego de depositarme saho y salvo en la base (¡maldita sea!), el heli se alejó envuelto en su ronquido. Dios me perdone, pero incluso una buena catástrofe, con explosión y llamaradas, me habría caído de perlas… Y no es que tuviera algo contra el piloto, no: nada más que para romper la monotonía, no sé si me explico. ¡Ah, si no pagaran tan bien!…

La vieja Base del Cono Sur seguía lo mismo, observé. Toda de acero inoxidable y cemento armado, ¿qué otra cosa podría esperarse? Cumplidos los consabidos rituales de identificación, controles, etc., ingresé a la Catacumba. Los zumbidos y murmullos de las computadoras me dispensaron su cáustica bienvenida habitual; Bolívar, por su parte, ya instalado en su asiento, se volvió a medias para mascullar un saludo.

Me alegró que no me encarase. Dudo que hubiera conservado mi buen humor ante la vista de esa maldita verruga que ostenta en el pómulo izquierdo. No me explico por qué diantres no se la hace extirpar de una buena vez; aquí contamos con un Servicio Médico de primera, y una operación como esa sería pan comido… Pero, bueno, me imagino que cada cual es dueño de disponer como de le antoje de las verrugas que Dios le ha dado. Solo que, ¿podrá ser alguien tan masoquista como para que le guste verse una verruga así día tras día en el espejo? En fin…

—¿Novedades? —pregunté, entre dientes.

Soltó un sonido que era toda una respuesta. Yo ocupé mi lugar, toqué dos o tres botones, y el planisferio de mi consola cobró vida. Hervía de puntitos rojos y blancos, y una cantidad de curvas amarillas, verdes y azules empezaron a discurrir aquí y allá, como gusanos luminosos. Todo normal. En los monitores latían vistas de lugares distantes, observados secretamente por los satélites.

Posé con suavidad la mano junto al gran botón rojo central; desde luego que con el mayor cuidado de no rozarlo siquiera, aun cuando bien sabía que no iba a activarse hasta tanto Bolívar no desconectase su sector para retirarse a descansar.
Con el rabillo del ojo lo observé desperezarse. Nunca me ahorra esa especie de mugido con que complementa el estirón de brazos por encima de la cabeza; esta vez no lo hizo tampoco. Luego presionó el interruptor.

—Me voy al catre —anunció.

—Si no me avisabas —refunfuñé, corrosivo—, capaz que me imagino que te vas de camping a las Bahamas.

Se limitó a cerrar la puerta del dormitorio con un golpe seco. No es tipo que hable más de lo estrictamente necesario; eso hay que reconocérselo.

Así que acá estoy, solo con mis cavilaciones, en medio de este alarde de la Tecnología… Años ha, la idea de saberme una especie de Guardián del Hemisferio me había mareado un poco, lo reconozco; pero hoy por hoy ya no hay nada de eso. Todo lo hago como un autómata, casi en forma mecánica. Posiblemente el adiestramiento a que nos someten sea la causa; también han de influir, creo, las píldoras que tomamos y las grabaciones que nos hacen escuchar durante el sueño. Todo venía estipulado en el contrato, incluso esta especie de servomecanismo en que nos convierten… ¡Pero el pago es tan suculento!
Claro que a pesar de todo uno sigue siendo humano, y la tentación de rebelarse alienta siempre en lo más hondo, vaya usted a saber por qué… En ocasiones, lo confieso, jugueteo con el pensamiento…, nada más que con el pensamiento, de presionar por mi cuenta el dichoso botón rojo ese. ¡Ya me imagino el resultado! Podría ser algo grandioso: las sirenas ululando, los altavoces escupiendo órdenes, toda la Base vuelta patas arriba en un hormigueo de actividad febril…

…Y la rugiente eyaculación de los silos subterráneos…, las flechas incandescentes saltando hacia el firmamento…

Pero cada vez que bromeo mentalmente con eso me asalta un vago temor, apenas una sombra de inquietud que estremece ligeramente los estratos de abulia en que vadeo.
Pienso en los tipos que están del lado opuesto, vigilando también, como nosotros a ellos…
¿No pasarán por lo mismo? El tedio, la rutina…, ¿no les retorcerán los nervios igual que a mí?

Claro que no es posible suponerlo siquiera… Pero, ¿y si uno de ellos fuese menos… íntegro?

¿Si… cediese a la tentación?…

Foto: Pixabay


FotoContratapauruguay-162455_640

Carlos Federici

Montevideo, Uruguay, 1941.
Escritor profesional desde 1961. Publicaciones en revis­tas nacio­nales, americanas y europeas, desde la legendaria “Nueva Dimensión” hasta las más recientes “Próxima” y “Planetas Prohibidos”. Traducido a varias len­guas. Participé en antolo­gías internaciona­les, entre ellas “Lo Mejor de la Cien­cia Ficción Latinoamericana”, “The Penguin World Omnibus of Science Fic­tion”, “Tales from the Planet Earth” y “El Futuro es Ahora”. Tengo 12 libros publicados. También incursioné en la Historieta, como dibu­jan­te y guionista. Se me otorgaron diversos premios en certámenes nacionales e internacionales.

 

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