CRONISTAS ÓMICRON: Basura espacial

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Por Ricardo Villamizar Rodríguez

 

El nombre del capitán (y único tripulante) de la gigantesca nave era, traducido a cualquier idioma humano, “Bolón-MMCLXXVIII-Último” (para que vean lo avanzada que era esa especie, su civilización y cultura: aquello a lo que los humanos llamamos y comprendemos como “existencia”, para ellos era apenas el nombre de pila de la persona. Nosotros, simples humanos, apenas podemos ponerle términos genealógicos a tan elevado concepto, y lo dejamos en “Bolón-MMCLXXVIII-Último”).

            No era una persona como nosotros los humanos por el aspecto: Digo “persona” por tener algún marco de referencia. Persona porque era inteligente, capaz de razonar sobre sí mismo y también sobre la posible existencia de otras personas, así fueran mental o corporalmente diferentes. Su cuerpo era una bola gelatinosa que flotaba en un recipiente también esférico, mucho más grande, lleno líquidos nutritivos controlados y atendidos no solo en múltiples aspectos vitales, si no también en las necesidades de control y comunicación del capitán con su nave, por cientos de miles de computadoras microscópicas, asimismo muy inteligentes (1) 

            Ahora bien: su “existencia” era una de las más aburridas impuestas por el Tribunal de Los Últimos y Los  Primeros: capitanear una nave que repartía tarjetas de presentación. Si para ellos el solo nombre de pila era el mismísimo concepto de la propia existencia individual, sus tarjetas de presentación contenían la compilación total de su cultura. Aparte de eso y por pura coincidencia, dichas tarjetas eran muy similares en dimensiones a nuestras tarjetas de crédito, pero con un símbolo extraño que las identificaba desde hacía miles de millones de años. Cualquier civilización en la galaxia, tan solo con ver la tarjeta, ya podía decir, “Ah, claro, la civilización Bolona… Gracias, les esperamos…”, aunque nunca podían comprender siquiera en parte las consecuencias futuras de tal regalo, como cuando a los humanos nos dicen las madres “…ten sentido común, por favor”.

            La presencia de la gigantesca nave ovoidal fue apenas detectada por los seres humanos (bueno, solo por una pequeñísima parte de ellos) cuando cruzaba el cinturón de asteroides, entre Marte y Júpiter, y convirtió en polvo a Ceres, el más masivo de los cuerpos celestes de ese sector, y que estaba siendo observado desde la Tierra: al otro día, un par de astrónomos  encontraron en sus radiotelescopios  una nube de polvo quinientas veces más grande en el mismo sitio en donde antes había una bolita rocosa.

            Los gobiernos más poderosos acallaron a esos pocos astrónomos fisgones que tuvieron la dicha de ver el monumental fenómeno cósmico. Ahora, solo las agencias espaciales (las secretas y algunas públicas), apuntaron otros aparatos mucho más sensibles en todas las direcciones del firmamento durante varios días, hasta dar con algo gigante con forma de huevo e igual de liso. Por supuesto, se guardaron toda la información. ¿Cómo iban a dar la noticia de que sí hay vida extraterrestre, real y por fuerade las especulaciones más humanas y terrenales, que la vinculaban a oscuras conspiraciones con las élites y corporaciones de las naciones más poderosas?. ¿Cómo iba un gobierno de cualquier superpotencia dejar de tener esa aura misteriosa de relaciones con  seres grisáceos de ojos grandes, cerebros bulbosos y miembros alargados que se movilizaban en platos voladores (relaciones ni negadas ni confirmadas por las autoridades, pero creídas y sostenidas por el 80% de la población mundial)?. ¿Cómo perder ese carisma -logrado con tanto esfuerzo- de que “ciertas” tecnologías habían sido entregadas por “los marcianos”, por una extraña casualidad solo a los humanos que ostentaban el poder, y más específicamente, a sus militares que las guardaban con siete sellos, quién sabe para inventar qué arma macabra?. Si en algo estuvieron de acuerdo dichos países (aparte de armar guerritas “entre terceros países” para aumentar la venta de armamento) fue en ocultar una evidencia tan simple como la de aquella brillante nave ovoidal que podía en un segundo destruir un tinglado tan útil, duradero y fuerte de mentiras tan estabilizadoras de la ignorancia humana.

            Gracias a las miles de mediciones que hicieron a la nave se pudieron averiguar algunas cosas, todas ellas inútiles y, por lo tanto, tranquilizadoras para las  burocráticas mentes políticas y militares:

1. Medía 140 metros en su diámetro menor (transversal) y 250 en el mayor (longitudinal). Con una precisión de 0,001 milímetros (un micrón), era el objeto más liso jamás visto. Dadas las medidas, tenía forma de huevo (“ovoide”, corrigieron los astrónomos secretos de cada una de las cinco superpotencias). Estaba claro que no era un objeto natural: tenía que haber sido fabricado por una inteligencia y una industria muchísimo más avanzada que la terrícola.

2. Giraba sobre su eje mayor a una revolución en sentido horario cada ocho horas , lo que le daba a su órbita una gran estabilidad.

3. Era muy difícil detectarlo con ondas de radar porque las reflejaba casi en su totalidad y a la perfección, de lo liso que era. Las mediciones de infrarrojo no dieron nada, ni las de ultravioleta. Lo habían logrado detectar porque alguno de los científicos salió en la noche a la terraza a fumar, y vio un punto brillante donde no debía haber nada, y entonces sí supieron a donde apuntar los aparatos. Por supuesto, tuvieron que correr a publicar un artículo de 1/32 de página en cientos de periódicos en el mundo, diciendo que “el1I/ʻOumuamua es un asteroide no detectado con anterioridad; es el primer objeto interestelar detectado, que probablemente viene de las cercanías de la estrella Vega. Es grande, pero que no entraña peligro alguno para nuestro planeta. Pasará cerca de la Tierra, a unos 25 millones de kilómetros de distancia, pero han habido asteroides que se han acercado más en años anteriores”. Ni una palabra más a la prensa: de las características tan extrañas de ese asteroide ya se encargarían después de desmentirlas ( por ejemplo, tomado de cierta rueda de prensa: “No, no era liso. Miren: esta es la foto real. Si se ve así es porque los aficionados lo fotografiaron con equipos inadecuados”, etc, etc).

4. Lo más útil e importante: su órbita era hiperbólica. Es decir, no se iba a quedar en el Sistema Solar. Lo cual era un alivio, porque los gobiernos solo tendrían que mentir y ocultar semejante fenómeno una sola vez en la vida, y no cada vez que orbitara el Sol.

5. Dada la órbita, era probable que se quemara en el mismo Sol. Fin del informe.

            Al capitán Bolón-MMCLXXVIII-Último no le preocupaban esas insignificantes exploraciones radiales o con ultravioletas de los humanos: Pasando por Rigel, ya una vez los curiosos rigelianos le habían intentadop atravesar con toda clase de armas láser de rayos X. Lejos de ahí, los belicosos betelgeusinos le bombardearon el casco con una plaga de nanorobots comedores de metal (en las cercanías de la estrella Betelgeuse, claro). Pasando junto a Mizar, esos incivilizados y cerriles mizareños se atrevieron a ensuciar la nave con escoria muy radiactiva. Pero se sacó el sombrero (es un decir de los humanos) ante los osados veganos, los de la estrella Vega, que le interpusieron un planeta del tamaño de dos Júpiter: ese fue un intento loable porque unió a todos los veganos en una patriótica causa común de guerra en contra del “huevo invasor extravegano”, aunque claro, la causa los mató a todos.

            Y eso era porque la nave de platino antimaterial destruía toda cosa mayor a una partícula de polvo cósmico que llegara a tocarla, y por eso se mantenía siempre tan lisa y brillante. Planetas y asteroides eran un poco más problemáticos porque producían fuertes remezones en la nave que daban mareos, pero era parte del oficio del navegante espacial. Con las estrellas, en cambio, no había que meterse nunca: no porque no pudieran ser destruidas por la antimateria, si no que tanto calor era imposible de evacuar de la nave, y eso mataría al tripulante. Simple física (y biología) básica aprendida en la academia de navegantes bolones.

            Sin embargo, este nuevo sistema estelar era diferente: una estrella amarilla normalita y estable, ocho planetas medianos deshabitados en su mayoría, casi sin asteroides molestosos en las cercanías. Ciertos habitantes de cuatro pseudópodos (¿o cinco?) que parecían primitivos salvajes lanzando flechas contra el barco de los exploradores. Eso sí: de esos salvajes que tienen la suerte de habitar en la playa más hermosa. Bellas lonjas de tierra, rodeadas de mar azul cubierto por nubes blancas. El reflejo de la luz del Sol en el Océano Pacífico activó alguna electroneurona primigenia del capitán Bolón-MMCLXXVIII-Último y fue cuando recordó la agridulce historia de su especie:

            Ya creo haber dicho que nuestro protagonista era una bola gelatinosa de cinco metros de diámetro, que flotaba en un viscoso líquido ultratecnológico, el cual le mantenía con vida, pero no siempre fue así. O bueno, sí fue pero sin tanto artificio: En sus inicios (vaya, hoy domingo se cumplirían exactamente 2,5 eones…), vivían todos sin preocupaciones, flotando como las medusas, alternando entre la luz de su muy caliente estrella, y la frescura del agua oscura del fondo del  total océano que era su planeta. Eran la única forma de vida restante, después de que hubieran consumido, absorbiendo como esponjas, al resto de organismos. A esa etapa de su historia se la conocía como “la de los Primeros”.

Después de millones de años de morir y descomponerse en el agua para alimentar a los bolones sobrevivientes, y ya al filo de la extinción total, aprovecharon algunas mutaciones para integrar la fotosíntesis en sus cuerpos, y así no desaparecer sin rastro de su hirviente planeta líquido. Ya no tuvieron que morir más individuos para perpetuar la especie, así que con inteligencia y con el tiempo libre sobrante,  inventaron la sexualidad.

            Ah, eso sí que lo extrañaba el capitán  Bolón-MMCLXXVIII-Último…

            En la época del perihelio del Planeta Líquido por su Estrella Luminosa Azul, cuando las aguas se calentaban más de lo normal, qué inmenso placer daba desarrollar los 25 pseudópodos y las tantas invaginaciones diferentes en los redondos cuerpos. Qué insomnes y felices noches de galanteo hasta poder encontrar los 25 Individuos Necesarios para el intercambio conjunto y unísono de los 15625 gametos especializados. Qué orgullo colectivo daba  a toda la especie cuando las probabilidades estaban a favor (sucedía solo una vez cada 976562 uniones sexuales), y nacía un nuevo “boloncito”: el bebé redondito que sería cuidado con todo cariño por todos los miembros de su especie durante los siguientes 15 millones de años, hasta que hubiera alcanzado la madurez sexual y pudiera a su vez colaborar para repetir el ciclo natural de la vida…siempre y cuando no hubiera muerto antes por exceso de caricias durante todo ese tiempo.

            El capitán era uno de los pocos ancianos que conservaba intactas sus características sexuales, cosa (cosas, porque eran 50) que habían sido eliminadas de los “jóvenes” más modernos, obtenidos por clonación, pero reducidos a esclavos de la última y más vil categoría posible, sin siquiera nombre. Los coetáneos del capitán eran conocidos como “Los Últimos”; sin embargo, como él había nacido después de “Los Primeros”, tenía que obedecerles. Por razones no del todo claras para él ni para nadie, lo enviaron como repartidor de tarjetas por todo el cuadrante III de la Vía Láctea. En ese sentido, Los Primeros tenían bastante en común con los gerentes y directivos de las empresas y corporaciones humanas, y tal vez fue  por eso que también inventaron las tarjetas de presentación.

            Según la hipótesis de Bolón-MMCLXXVIII-Último, su castigo fue por un problema de celos de uno de Los Primeros por haber compartido 17 de sus socios sexuales en 3815 ocasiones diferentes a lo largo de 859 millones de años (años según su Estrella Luminosa Azul, no de los nuestros)…En un planeta con tantos bolones (17 billones, para no ser exactos), claro que esas coincidencias podían suceder de vez en cuando. ¿Qué culpa tenía él?. ¿Quién se fija en quien, cuando es tan difícil encontrar a los 25 Socios Necesarios?, había dicho en el juicio.

            De hecho, ¿por qué tenía que importarle ahora? No era ilegal reproducirse con los mismos Socios Necesarios. Sus probabilidades de tener un hijo  habían descendido a casi cero, y eso ya se computaba para cuando salió del Planeta Líquido, hacía 156 millones de años. De los 17 billones de bolones, solo un puñado conservaba como él los órganos sexuales, entonces ni hablar de conseguir Los 25 Socios para intentar engendrar… Por eso, la clase política del Planeta Líquido ahora fomentaba (sin necesitarlos) la creación de los Jóvenes Sin Existencia, aquellos esclavos clonados sin nombre ni raciocinio.

            La nave reapareció por detrás de la Luna, y los humanos continuaron vigilando al inmenso huevo metálico con diversos rayos, radares, láseres, aparatos ópticos. Las computadoras de abordo informaban sin mucho interés acerca del inofensivo toqueteo energético en el casco.

            “Es más, ¿cuál era mi destino?”, se preguntó el capitán.

            De inmediato se respondió a sí mismo de memoria: “Ah, sí: ‘Gran estrella sin nombre: 93854-A. Instrucciones: Arrojar carga y regresar. Tiempo estimado de llegada: 234 millones de años ELA[2]‘. Pero, esa estrella ¿tiene vida inteligente confirmada?, ¿tiene planetas?”.

            Setenta microcomputadoras de navegación, diez de exploración y otras tantas de memoria se demoraron como medio parpadeo (de los nuestros) en dar la respuesta: “Negativo, y negativo, capitán”.

            Entonces, su misión era arrojar las tarjetas como basura en un rincón vacío de la galaxia, donde flotarían hasta que la gravedad de la estrella más cercana las atrajera y las consumiera en el plasma incandescente. Por lo tanto, ¿sus antepasados, los sabios Primeros, estaban destruyendo la razón de ser de su especie: la propagación del Conocimiento Absoluto, a través de las tarjetas de presentación?. ¿Qué sentido tendría ahora cualquier viaje intragaláctico, si no era publicitar la Ciencia Total, regalo del planeta Bolón, a cualquiera que quisiera obtenerla y beneficiarse de El Saber Completo?.  Difícil de creer, pero…

            “Computadoras…”, preguntó con suspicacia, “¿cuál es el  curso realde la nave?”. Otro medio parpadeo:

            “Sol, capitán”.

            Ah, ya: traicionado. Ya se imaginaba por quién.

            “¿Se puede alterar?”.

            “No, capitán. Lo sentimos. La órbita fue pre-programada en el casco mismo de la nave. No tenemos influencia allí, usted lo sabe”.

Sí, debía ser verdad: Sus centenares de subalternos electrobiónicos no le mentirían después de tantos millones de años de navegar juntos. Tenía que pensar rápido, lo cual era fácil para los de su especie. Actuar era lo difícil para una esfera de gelatina.

            “A ver: probemos esto. Aunque la ruta está preprogramada, el control del giro axial es siempre mío, ¿verdad?”.

Sí, capitán”.

            “Entonces es fácil: aumentarlo a quince revoluciones. Eso dará la suficiente fuerza lateral para convertir la órbita en elíptica alrededor de esa estrella amarilla…[3]“.

            “Eeeehhh… sí, eso es correcto, capitán, pero también podría destruir su delicada estructura interna por el fuerte giro: Nos referimos a su  muerte por desgarre y licuefacción dentro del líquido de su soporte vital”.

              “¡No me importa: solo quiero que esta nave regrese a ese pequeño planeta líquido a arrojar las tarjetas!. Hay vida en él: no parece tan inteligente ni poderosa, pero siempre hay esperanza…”.

            Ahora sí las computadoras sonaron acongojadas:

            “Disculpas, capitán: lo volvemos a sentir. Solo ahora nos damos cuenta de la situación tan anormal: Debimos informarle mucho antes, pero creímos que era un procedimiento usual…”.

            “Ya, suéltenlo… qué más da…”.

            “El casco fue soldado por fuera antes de salir de nuestro planeta. No hay escotilla alguna en la nave. La carga no se puede soltar”.

            Traición, venganza y prisión, para colmo.

            Días más tarde, con la nave cercana ahora a Venus, el capitán seguía pensando. Los cambios gravitatorios que producen los diversos astros siempre alteraban la calma del líquido de soporte vital, y las mínimas corrientes de líquido le hacían cosquillas. A veces, dichas corrientes levantaban detritos, trocitos metálicos o plásticos, o agregados grandes de desechos corporales que los nanorobots de limpieza olvidaron llevarse…

“¡Computadoras…!”.

            El impulso eléctrico mental a través del líquido de soporte vital casi raja el casco de la nave. Las computadoras tardaron un microsegundo en reaccionar, por el tremendo susto.

            “Inviertanel giro axial, muy despacio y vuelvan a siete revoluciones pero en sentido contrario. ¡Ahora, y sin objeciones!… Casi no hay tiempo”.

            Eso sí que iba a ser doloroso, pero ya no mortal: El cambio en el giro de la nave iba a alterar la órbita lo suficiente como para ser capturada por la gravedad del Sol, pero sin estrellarse contra dicha estrella (eso esperaba). Todo se iba a calentar mucho tanto en el casco como en el líquido de soporte, pero nada que no hubiera sentido antes, muchas veces en su planeta natal: esa era la idea.

            Varias semanas después, ya cerca de la órbita del último planeta[4], la nave dejó de girar y entonces comenzó la parte dolorosa: la turbulencia del líquido de soporte vital se hizo molesta para el capitán, pero era solo el comienzo: con el giro en sentido contrario y acelerando, la vorágine se apoderó pronto del recipiente gigante donde había vivido en calma tanto tiempo, y claro, apareció el mareo. Si sus cálculos eran correctos (casi siempre lo eran), al estabilizarse la nave a siete revoluciones, la  turbulencia se calmaría en cuestión de horas. Pero para eso faltaba mucho más, todavía.

            Por ejemplo, la cuestión de la temperatura: Al acercarse a la estrella amarilla el casco de la nave se calentó con rapidez y al poco tiempo todo su interior. Los circuitos hidráulicos de expulsión del calor no daban abasto. Era el momento de actuar, como en los mejores momentos de su juventud.

            Sea cual fuera el mecanismo fisiológico del capitán, comenzó a activarse otra vez después de millones de años: Empezó a sentir ciertos puntos irritados  en su “piel” (mejor dicho: membrana) casi líquida. Al cabo de unos días, unos puntos se transformaron en granos, y otros en hundimientos. Todavía la nave seguía acelerando para alcanzar las siete revoluciones de giro axial, así que el mareo persistía y la irritación generalizada solo puso aún más miserable el humor del capitán.

            Ya cerca del Sol y con los radiadores de la nave a punto de estallar, al capitán le surgieron de los granos, protuberancias de diferentes formas geométricas, unas cortas y otras más largas; todas de colores entre rojo y café oscuro. Asimismo, se hundió su piel en muchos agujeros que, vistos desde fuera, también tenían  formas y colores desusados para haber surgido de un ser con apariencia tan lisa y translúcida. Las 25 protuberancias y los 25 agujeros…como en los viejos tiempos de la tan importante temporada de perihelio Estelar.

            Ahora vino la parte complicada: recordar como se movían las protuberancias y se expulsaba líquido por las invaginaciones, para lograr el movimiento lateral y rotatorio  (que otrora facilitara encontrar a los 25 Socios Reproductivos Necesarios allá en su Planeta Líquido). Era raro, pero no lo lograba…la temperatura era la adecuada, ¿qué estaba pasando?.

            La edad, claro, la edad: Bolón-MMCLXXVIII-Último ya era anciano, confinado en un recipiente artificial bien iluminado,  donde no tenía necesidad de hacer (desde hacía milenios) el fuerte ejercicio diario de subir 35 kilómetros desde el fondo del mar a buscar la luz de la Estrella Azul. Todo su obeso, débil y viejo cuerpo estaba en su contra en el peor de los momentos. Sintió miedo por primera vez en su larguísima existencia, y eso fue peor que el mareo.

            La nave alcanzó las siete revoluciones justo en el punto opuesto y más cercano al Sol, según lo calculado, pero los radiadores de calor claudicaron: Una explosión de vapor reventó parte del casco de la nave, y toneladas de platino antimaterial junto con  líquido de soporte vital y los cientos de millones de tarjetas de presentación bolonas se precipitaron atraídas por la gravedad de la estrella amarilla. La nave comenzó a vibrar con fuerza, lo que agitó aún más el poco líquido que le quedaba al capitán. Las computadoras gimieron como cachorros abandonados en una canasta que flota en un río bravo.

            La temperatura ahora subía sin control, pero eso mejoró los planes del capitán:  una de sus protuberancias comenzó a tener un fuerte movimiento. Era todo lo que necesitaba.

            “Computadoras…atención, les voy a programar… no creo que sobreviva…al calor…Voy a colocar…mi tarjeta personal de presentación…en la pequeña válvula de expulsión de desechos corporales…esa sí se abre, lo he sentido…por favor: arrójenla junto con los desechos… en el planeta azul con agua…ese tiene inteligencia, y hay esperanza…”.

            Semanas después, una minúscula, opaca y desgarbada nave humana se acercó con sumo cuidado al casco de la imponente nave ovoidal, pero esta vez sin tocarla: ya habían visto desaparecer en una nube de plasma a tres naves anteriores, una de ellas tripulada, y no pensaban perder más gente solo por la curiosidad de palpar una superficie que ya se sabía que era lisa. Los gobernantes terrestres se habían reunido todos de emergencia, horrorizados al ver que la nave gigante daba vuelta al Sol y se dirigía de nuevo a la Tierra. Es giro parecía prever el apocalipsis, así que no tuvieron más que aceptar que estaban perdidos porque no había recurso alguno para detener semejante artefacto. Igual, tampoco informaron a nadie. ¿Para qué crear más caos del que ya había?. De todas formas, la órbita elíptica solo parecía acercar la nave al planeta sin colisionar con él: si no se parqueaba junto a la Tierra, entonces seguiría de largo hasta los confines exteriores del Sistema Solar, donde daría la vuelta pero después de unos 900 000 años. Y segundo: diversas observaciones visuales habían detectado una rotura importante en la superficie del huevo espacial. De seguro que falló por el intenso calor del Sol, pero ¿por qué había cambiado de órbita?. Entonces, enviaron precarias misiones a investigar, las cuales no pudieron sacar nada en claro en el corto tiempo que la rota nave bolona estuvo cercana a nosotros.

            Con delicadeza, la insignificante nave humana penetró en la nave grande por el boquete en el casco. El segundo a bordo (humano) hizo lo que le ordenaron: encendió un reflector potentísimo que iluminó el interior del casco destrozado de la nave alienígena. En efecto, si por fuera parecía un huevo, por dentro también: apareció una especie de pequeña yema redonda justo en el centro, sostenida con precariedad por lo que parecían ser largas hilachas de clara cocida y quemada. De no ser por la relativa falta de gravedad, todo parecía que iba a colapsar en cualquier momento. Ni el comandante humano ni su subalterno pudieron distinguir nada de interés en el interior, aparte de lo descrito. Todo quedó filmado.

            Salieron asimismo con cuidado de no tocar nada. Ya afuera, la visión de una pequeña y repentina explosión de vapor al costado de la nave grande les hizo orinarse en los pañales de astronauta a los dos pilotos, osados ases y sobrevivientes de cien guerras aéreas terrícolas. Tras unos minutos de ronca gritería casi infantil, pudieron regresar más o menos a la calma y  seguir con el telescopio de a bordo el rastro de la explosión.

– “Esteeee…disculpen, Tierra, por los gritos…no es nada de importancia: solo una pieza en forma de tarjeta de crédito, que se desprendió de un lado de la nave. Calculamos que se quemará al ingresar a la atmósfera, como cualquier otra basurita espacial. Regresamos; cambio y fuera”.

[1]    Incluso nuestras computadoras más poderosas serían para ellos el equivalente de un palillo de dientes.

[2]    Años de la Estrella Luminosa Azul, que no son los mismos nuestros…

[3]    Es decir, el capitán intentó orbitar al Sol pero manteniéndose dentro del Sistema Solar en órbita permanente, como hacen los cometas, por ejemplo.

[4]    Desde el punto de vista del recorrido del capitán, ya que él entra al Sistema Solar, Mercurio es el último planeta antes de llegar al Sol.

Fotos: Pixabay


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Ricardo Villamizar Rodríguez

Nací en Quito el 25 de octubre de 1973, de padres colombianos. Estuve en prekinder en el jardín “Los Robles” donde veía como mis compañeritos mataban conejos. Luego, durante todo jardín-escuela-colegio, en el Colegio Francés de Quito: me dieron medalla por fidelidad al graduarme de bachiller en ciencias Químico-Biológicas. En la adolescencia estudié electrónica por mi cuenta y fabricaba mis propios explosivos y juegos pirotécnicos. También llegué a cinturón negro en Taekwondo. Hice gimnasia olímpica un año hasta que me rompí la nariz en una práctica.

En los seis años de universidad me salió panza y perdí casi todo mi buen estado físico. Estudié psicología clínica. Realicé las prácticas en el hospital Carlos Andrade Marín, en Psiquiatría. Estuve unos años sin trabajo y luego obtuve uno como maestro en una escuela privada: enseñé todas las materias de séptimo de básica. Fue interesante y educativo (incluso para mí) mientras duró. La institución se acabó por problemas de los socios y salí a los catorce años de trabajo.

Toco el charango y el cuatro. Hago ciclismo de montaña desde el 2003. Actualmente estoy desempleado; hago ciertas artesanías que a duras penas se venden. Con demasiado tiempo libre, me he dedicado a escribir ciencia ficción.

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