HÉROES ÓMICRON: Bioy entre la vida y la muerte.

Jose Luis Barrera

Por José Luis Barrera

 

Los relatos de Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914), sin importar de qué clase, siempre se sostienen entre la pasión amorosa y el miedo a la vejez y ambos son solo máscaras de preocupaciones endémicas de la humanidad: la vida y la muerte.

Bioy, igual que Borges, su gran amigo, era un depositario de la cultura mundial. Era un lector asiduo de clásicos ingleses y españoles, bebía de la tradición gauchesca y de las sagas vikingas por igual, conocía a Zhuangzi y Las mil y una nochesy en cada uno de esos libros había aprendido que la historia de la literatura podía resumirse en la lucha del hombre para evitar su desaparición.

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Bioy era un seductor, un deportista, un intelectual, un gran conversador… Las mujeres se rendían a sus encantos y él alternaba, desde muy joven, entre las tertulias literarias porteñas y los romances prohibidos.

Sin embargo, el donjuán esconde al inseguro. En sus relatos se huele el perfume del miedo a la muerte.

Mientras el amor representa la esperanza de perpetuarse, de romper el ciclo fatal, la vejez es la negación de aquello, es la prueba de que ni Don Juan está a salvo de Tánatos.

En Diario de la guerra del cerdo, Bioy nos ofrece la historia de Isidoro Vidal un jubilado que cierto día despierta con la noticia de que los jóvenes de la ciudad han decidido aniquilar a los viejos. El personaje atraviesa estados que van desde la negación hasta la cobardía. Pero el Bioy de cincuenta y cinco años no odia a los muchachos que quieren matar viejos, por el contrario, los justifica.

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El escritor detecta en la vejez un olor agrio a desesperación. A diferencia del clisé, no ve en ella sabiduría, experiencia, sino a criaturas que como insectos se aferran a una vida miserable por miedo a morir.

La distopía de la guerra del cerdo desnuda la bajeza del humano que, pese a los discursos que hemos heredado del racionalismo, no es más que un animal que teme a la podredumbre.

De todas maneras, no todo está perdido. En La invención de Morelun hombre se eterniza por amor, desafía a la muerte y se transforma en cine, es decir, en arte.

Bioy evidencia así que, a pesar de todo, es posible la salvación, pero esta no depende de romances vulgares, sino de arte y el amor debe ser su manifestación más pura.

De esta manera, el argentino queda emparentado de forma directa con la tradición romántica alemana (Novalis, Hölderlin, Kleist) y, aunque sus historias muestran que detrás del seductor intelectual se oculta un miedoso que ve acercarse a Tanatos sabiendo que, haga lo que haga, no podrá derrotarlo, cree en una catarsis.

La ciencia ficción, su ciencia ficción, no es una simple fantasía, tampoco es pura y dura, más bien se trata de una reformulación del género cuya receta licúa a H.G. Wells, clásicos orientales y occidentales con terrores y obsesiones de índole personal.

Sus cuentos pueden centrarse en distopías o extraterrestres, mujeres hermosas o ancianos, pero siempre buscarán limpiar el alma atormentada de un autor que ni siquiera en los brazos de Venus fue capaz de encontrar la calma.

En cada palabra, en cada oración, se detecta a un hombre derrotado que se aferra al arte como su última esperanza.

 

Fotos: El Universal y  La Razón Cultural.


 

Jose Luis Barreraecuador-26986_640

José Luis Barrera

Quito, 1983. Es narrador y periodista ecuatoriano. Sus crónicas y relatos han aparecido en medios como Mundo Diners o la edición digital de Revista Eñe de España, además de antologías de cuentos, por ejemplo: Minimal (Efecto Alquimia, 2011) y Nunca se sabe (Eskeletra y Cactus Pink, 2017). Fue miembro de varios talleres literarios, especialmente los impartidos en la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión” y los organizados por el escritor Huilo Ruales Hualca. En 2011, publicó su primer libro, El espejo de Mambruk (Editorial K-Oz), el mismo que compilaba una serie de relatos trabajados en los talleres de la Casa de la Cultura. Actualmente, prepara en un nuevo libro de cuentos, al tiempo que coordina talleres de escritura creativa, ejerce el heroico oficio de periodista freelance y sobrevive con oficios propios de un relato de Kafka. En su blog, La rue Morgue, se pueden encontrar sus artículos e historias, manifestaciones propias del herético intento de fusionar, sin miedos ni medias tintas, la literatura y el periodismo.

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