CRONISTAS ÓMICRON: Cincuenta y siete años-sombra

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Por Carlos Federici

 

—Estrellas—dijo—. Galaxias. Constelaciones.

Cientos de millares de reflejos se posaron sobre el cristal de su escafandra “Visión 3-60” como una mininevada inmaterial. En medio de la negra bóveda salpicada de orificios brillantes, la cabeza de Gervasio Corso, contenida en su globo, semejaba un sol en ruinas a cuya agonía asistía la camarilla de su sistema con parpadeante estupor.

Saboreó cada sílaba al musitar sus nombres:

—Rígel… Aldebarán… La Cabeza del Caballo y Andrómeda… ¡Lejana Fomalhaut de mis pesadillas!… Achernar… Miranda y Oberón… Sirio, ¡tan luminosa!…

Levantó ávidamente los ojos, estirando los músculos del cuello en un vano intento de aproximar lo remoto. Lo atravesaba un hierro en ascuas, pero no se quejaba, ni tampoco fluían lágrimas de sus ojos, secos desde su muerta juventud.

No estaba cómodo en aquel traje espacial, fabricado más de medio siglo atrás, pero necesitaba sentir cómo le ceñía el cuerpo, doliéndole en las axilas y en las corvas, y oprimiéndole la cintura, envilecida por el vientre vergonzante que engendrara su largo período de inactividad… Suspiró, al tiempo que sus pupilas se comían los puntos luminosos de lo alto. ¡Una vez  —hacía tanto, Dios— se había movido con soltura entre esos puertos ardientes del espacio, devorando años-luz con la glotonería de poderosos motores atómicos! Cruzar el cosmos era cuestión de horas, en tiempo subjetivo, y Proción y Nínive 3 quedaban a la vuelta de la esquina.

El dolorle contorsionó las facciones, viejas y curtidas, en un rictus que jamás  habría permitido que ningún curioso sorprendiera. Su sufrimiento era cosa suya. Nínive 3… ¿Por qué demonios tuvo que venirle a la mente, entre tantos lugares en los que había estado durante sus años de espaciero?

—Todo eso tengo que enterrarlo —murmuró, con un rechinar de dientes—. Muy, muy hondo.

Pero era demasiado viejo, reconoció enseguida, para pretender engañarse a sí mismo como a un niño. ¡Aquello estaba prendido a sus entrañas y  a su mente con la tenacidad de una araña-pulpo de Umbriel! No era sino otra de las facetas de su castigo, rumiar malos recuerdos.

—Es raro —volvió a decirse (sus largos años de soledad le habían inculcado el hábito de hablar consigo mismo)—, ahora, de acuerdo a los cánones del romanticismo, correspon­dería que yo creyese ver los ojos de Eurídice entre las estrellas. ¡Pero maldito si me puedo acordar  de qué color eran! ¿Azules o verdosos? —Sacudió la cabeza, tanto como se lo permitió el casco espacial—. Lo que no olvidaré jamás es que brillaban demasiado fuerte!

Otros atributos de ella le venían más fácil a la memoria. Aquel cabello rubio, que se ataba en una sola trenza, larga y retorcida, casi viva… La gracia de sus movimientos, aun con el traje de presión puesto… Una risa que acababa por contagiar, incluso a un individuo taciturno como Gervasio Corso… Y aquellas espléndidas, delicadas, suaves y flexibles…

Apretólos párpados, al asaltarle un retortijón del alma más fuerte que los anteriores. Había cosas que ni aun mentalmente podía permitirse nombrar.

La Base Cósmica Nínive 3 estaba convulsionada, cuando se conocieron, porque se avecinaba el acontecimiento más sensacional en la historia del Hombre. ¡El contacto con una raza extraña se había formalizado al fin, y sería precisamente en Nínive 3 (en el sector Proción) donde habría de operarse!Joven, e idealista —aunque este aspecto suyo no trascendiera, porque Corso era tímido para expresarse—, esperaba con ansia el gran momento de la confrontación. ¡Un hito para la Humanidad! El ingreso a la última frontera, y el principio de una era de imprevisibles posibilidades. Algo realmente inmenso, que le hacía latir el corazón casi con la misma fuerza que la turbadora proximidad de Eurídice, quien al principio fue nada más que una mesera del Sector Restorán, para pasar, de a  poco, a convertirse en una  idea fija.

—¿Cómo serán estos Zeheranos? —se había interesado ella, durante una de sus largas conversaciones de sobremesa—. ¿A ti te adelantaron algo? Digo, como trabajas en Mantenimiento…

—Si me toca turno cuando lleguen —había improvisado él, para impresionarla—, es posible que esté tan cerca de ellos como lo estoy de vos. No veo por qué no. Aunque uno nunca sabe, viste. Los turnos los deciden los de arriba, y uno no tiene ni voz ni voto.

—Si los ves, me vienes a contar enseguida —el acento, estriado de portugués, de la chica, lo deleitaba—. ¡Cómo me gustaría estar ahí! Pero no soy más que una mesera. Tú eres el importante, Vasio. Prométeme que me lo relatarás todito, con pelos y señales. Júramelo por Aldebarán.

La euforia provocada por la cercanía de ella lo tornaba incluso ocurrente:

—Te lo contaré con señales —bromeó—, pero de pelos…, no creo. Esos tipos son re-lampiños, según dicen. Cabezones, blancos como el papel, brazos y piernas como alambres, y…

Ellarió, dándole una palmada.

—¡No seas malo, Vasio! ¿Cómo hablas así de los E.T., que están infinitamente por encima de nosotros, y se dignan bajar hasta acá, a Nínive 3 de Proción, para conocernos y que los conozcamos?

—Es que así son —la provocó él, deliberadamente—. Monstruos. Pero buenitos en el fondo, o por lo menos eso es lo que afirma el Director de Xenocontactos.

—Eres incorregible, Vasio —Ella lo azotó blandamente con su trenza—. Merecerías una semana de castigo en el Eje.

—¿El sector desgravitado? ¡Bah! ¡Minga de castigo! ¿Te pensás que soy novato Afuera? Toda la vida la pasé acá, nena ¿O dónde te creés que nací, eh? Conozco de sobra el nulgrav. Me muevo sin peso igual que una sílfide.

Lo de siempre: discusiones, bromas, y mucha risa por parte de ella. Pero de ahí no pasaban, quizás porque él, a los treinta y dos años, era tan apocado como un adolescente del siglo anterior. Pero en los períodos de descanso (denominados convencionalmente “no­ches” por los habitantes de la base Nínive 3), se permitía jugar con ciertas fantasías que habrían hecho subir los colores a las tersas mejillas de Eurídice, quien, toca reconocerlo, era varios puntos menos desvergonzada que el estándar femenino de la década.

—¡Qué idiota fui! —se reprochó el Gervasio Corso anciano, solitario en medio del silencioso fulgor estelar—. Si le hubiese insinuado algo antes…, en el momento debido. Quizás las cosas no habrían…

¡Cuán lejano estaba todo aquello! Cincuenta y siete años, pensó. Cincuenta y siete años-sombra.Sus viejas coyunturas rechinaron dentro del equipo espacial, al iniciar él un pequeño paseo bajo las galaxias. Miríadas de ojos relumbrantes, aunque ciegos al avatar humano.

Una eternidad mirando a otra, se dijo. Las estrellas y mi desgracia: cada cual en su propia escala, dos eternidades.

De repente, un arco finísimo hendió calladamente el terciopelo negro del domo sideral. La boca de Corso se retorció en una ácida sonrisa. Una estrella fugaz,pensó. ¡Hay que aprovechar a pedir un deseo!

El deseo más ardiente de ella, lo había comprendido de inmediato, era ver a los Extra­ños. Se le iluminaban los ojos al hablar de eso; casi le resplandecía la cara, como a la Bernadette de la gruta cuando mencionaba a la Señora. Y él, Corso, le había fallado miserablemente. Aún le dolía evocar la expresión de desencanto de Eurídice, cuando le informó que definitivamente se le había excluido del equipo de recepción. Fue al verla a punto de llorar que se decidió a hacer algo temerario.

—Está bien, nena —la consoló, con cierta torpeza—. Si tanto lo deseás, yo te voy a meter en eso. Tengo mis recursos.

Se le había echado en los brazos, de tan exaltada. Fue lo más cerca que Gervasio Corso estuvo del éxtasis, sintiendo virtualmente en su pecho los latidos alborozados de aquel corazón en llamas. Ya no podría retroceder, se dijo. Habría que jugarse el todo por el todo.

Y lo consiguió, sobornando a unos y engañando a otros. El gran día, cuando Nínive 3 estaba sujeta a la regla de Asepsia General, y todo el personal debía llevar traje espacial en consideración a los Zeheranos (que no soportaban siquiera el roce de la seda sobre sus cuerpos, y temían la exposición a microorganismos extraños),  Corso logró hacerse de dos de los uniformes “autorizados”, distinguibles por su color amarillo. Embutió en uno a Eurídice, reservándose el otro. Se “colarían” en el sector de recepción aunque fuese lo último que hicieran.

—No doy más de los nervios, Vasio —su susurro angustiado le llegó a través del  Intercom del traje—. ¡Creo que me voy a desmayar!

—Agarrate bien de mí, y no te hagas notar —Se sentía fuerte y protector. La presión de la mano de ella en la suya, a través del espesor de los trajes, envió un escalofrío delicioso a su espina dorsal—.Vas a ver qué bien vemos todo.

La fortuna es de los audaces. No hubo percances, aunque en un par de ocasiones, bajo la inquisitiva mirada de un guardia de Seguridad, Corso sintió el corazón entre los dientes. Como suele ocurrir, sin embargo, el acontecimiento no resultó tan grandioso como ambos anticiparan. Los Zeheranos arribaron a la hora prevista, pero su inmensa nave quedó en órbita lejana, desde luego, de manera que no pudieron contemplar sus maravillas. En cuanto a los seres en sí, rodeados de aparatosas medidas de seguridad, apenas si lograron vislumbrarlos desde el sitio en que se ubicaran. En  menos de lo que dura un bostezo, ya habían desaparecido para instalarse en su sector reservado, a cubierto de cualquier riesgo.

Así y todo, Gervasio Corso pudo comprobar que ella le había quedado  muy agradecida. Y al encontrarse en la soledad de un corredor, lejos del alcance de ojos indiscretos, ella se le apretó hasta donde se lo consentían  los trajes y juntó su casco con el del hombre, en un beso simbólico.

 —Estuviste estupendo conmigo, Vasio. No sé como agradecerte. ¡Te adoro, grandote!

—Yo también —balbuceó él, rojo detrás del visor—. Desde que te vi, flaca.

Hubo un silencio, porque ninguno de los dos había esperado pasar tan pronto de la guasa a lo serio. Pero el temblor de Corso, aun amortiguado por el traje, no escapó a la percepción de la mujer.

—Fuiste tan bueno siempre. Quisiera poder expresártelo de otra manera, pero…

—No podemos sacarnos esto —dijo él—. La orden es estricta, y si nos pescan…

—No importa —sonrió ella—. Ya habrá tiempo para que nos conozcamos.

—Dentro de un par de terrahoras salgo para el Cinturón. ¿No te acordás que te lo dije? Mi grupo va a pasar  seis orbitales trabajando en la base de ahí. Es mucho tiempo.

Se quedaron callados, respirando fuerte a través del sistema de los trajes. Finalmente, ella tomó la iniciativa. Con lentitud se quitó uno de los guantes y lo animó a que la imitara.

—Sé que te gustan mucho mis manos —dijo suavemente—. Me di cuenta de cómo me las miras… Y es raro, porque casi todos se fijan en otras cosas.  Vamos, sácate el guante. Al menos nos tocaremos las manos. Yo sé que lo estás deseando, Vasio. ¡Hagámoslo!

Y era cierto. Corso no era como los demás hombres, quizás porque había vivido siempre en el ambiente rudo y sin sofisticaciones del espacio, en una de cuyas bases le concibieran in vitro.Las manos se juntaron, y para él fue tan íntimo y plenificante como un acto sexual.

Aun de viejo,  las vibraciones de aquel instante mágico conmovían tenuemente sus fibras. Palideció.

 De súbito, un rectángulo blanco irrumpió entre las estrellas. Una silueta de apariencia gigantesca se recortó en su luz, y Corso supo que el tiempo se le había terminado.

—Hay que volver a la celda, Corso —advirtió el guardia—.Si sigues haciendo buena letra, el mes próximo te traigo otra vez.

—¡Estrellas, galaxias, constelaciones…, off!—dijo el preso, y el universo virtual se disolvió en un “amanecer” computarizado. Una tenue luminosidad borró los últimos astros, mientras Gervasio Corso retornaba a su realidad cotidiana.

Habían cometido su acción culpable a cubierto de miradas, pero las videocámaras de vigilancia jamás se distraían. Cuando toda una raza alienígena se extinguió debido al contagio de un virus de resfriado terrícola común, se supo a quiénes culpar por ese cosmi­cidio. La Federación Galáctica dictó una sentencia de alcances terribles.

A través de largos pasillos, que recorrían en un pequeño y veloz vehículo, Corso, cambiado ya el viejo traje espacial por su uniforme de convicto, reasumía su confinamiento  perpetuo, en lo más profundo de la urbe subterránea. Lo mismo que el resto de los seres humanos, ya no podría volver a contemplar las estrellas verdaderas, porque se les había exiliado de la superficie planetaria, confinándoles al subsuelo.

Su castigo, el castigo de una especie, era vivir, indefinidamente, una vida de años-sombra.  ¡Por un solo minuto de amor!

—Como aquellas antiguas letras de tango —murmuró el preso, al cerrarse la puerta de la celda a sus espaldas—. ¡Qué lástima no haber nacido poeta.


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Carlos Federici

Montevideo, Uruguay, 1941.
Escritor profesional desde 1961. Publicaciones en revis­tas nacio­nales, americanas y europeas, desde la legendaria “Nueva Dimensión” hasta las más recientes “Próxima” y “Planetas Prohibidos”. Traducido a varias len­guas. Participé en antolo­gías internaciona­les, entre ellas “Lo Mejor de la Cien­cia Ficción Latinoamericana”, “The Penguin World Omnibus of Science Fic­tion”, “Tales from the Planet Earth” y “El Futuro es Ahora”. Tengo 12 libros publicados. También incursioné en la Historieta, como dibu­jan­te y guionista. Se me otorgaron diversos premios en certámenes nacionales e internacionales.

 

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