HISTÓMICRON: La máquina del tiempo

Francisco J. Segovia Ramos

Por Francisco Segovia Ramos

 

Este artículo sobre literatura y cine está dedicado a la obra de H.G. Wells, La máquina del tiempo, escrita en el año 1895, y que ha sido editado por Sportula en su colección de narrativa breve, texto que se ha utilizado para hacer las debidas referencias.

 Hay que empezar diciendo que La máquina del tiempo de Wells es una atrevida novela en la que se especula con los viajes en el tiempo, y se habla de una cuarta dimensión, el tiempo (valga la redundancia), que décadas después utilizó el mismísimo Einstein en su teoría de la relatividad. Un punto a favor del novelista británico.

 La obra de Wells, igual que otras muchas suyas (recordemos, La Guerra de los Mundos o El alimento de los Dioses), ha sido llevada en varias ocasiones al cine, con adaptaciones o interpretaciones más o menos acertadas, algunas, además, bastante desafortunadas y que en nada siguen el espíritu de la genial obra de Wells. En esta ocasión, empero, hablaremos de la magnífica The Time Machine (El tiempo en sus manos, titulada en España), película del año 1960 protagonizada por un espléndido actor, Rod Taylor, que tres años después protagonizaría la inquietante Los pájaros, de Alfred Hitchcock.

Afiche The time machine

Esta película británica es una de las mejores recreaciones de la obra de Wells, aunque hay diferencias que es preciso señalar y explicar; unas lo son por necesidades del guión y otras por cuestiones políticas. No olvidemos que en el año 1960 la Guerra Fría estaba a la orden del día.

Tanto la novela como la película empiezan con una reunión de hombres de la burguesía en la casa de un amigo común, llamado Crononauta (así, sin más) en la novela de Wells, y George, en la película, trasunto del escritor (señalar que, en un momento determinado, en una plaquita de la máquina del tiempo, aparece el nombre de su constructor y protagonista, que no es otro que el escritor Herbert George Wells).

Así mismo, en ambas obras el protagonista explica a sus contertulios la existencia de las cuatro dimensiones y les hace un experimento práctico con un modelo de su artefacto, que desaparece por arte de magia, como bien indica alguno de ellos.

A partir de ahí se establecen ligeras variantes. En el film de George Pal hay unos minutos en los que el viajero del tiempo se recrea en el transcurso de las estaciones, la floración de las plantas o el cambio de vestuario de una maniquí que tiene justo en la tienda de enfrente. Detalles que no aparecen en la novela original. Sirva como excusa la necesidad fílmica de enganchar al espectador a una historia que irá in crescendo conforme pasen los minutos, ya que el crononauta parará su máquina en los años 1917 y 1940, coincidiendo con las dos guerras mundiales, y en 1966 (futuro para aquella época), donde es testigo de un ataque nuclear. De nuevo la amenaza de la Guerra Fría. Esta parte no aparece reflejada en la novela.

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El viajero termina llegando al año Ochocientos Dos Mil Setecientos Uno, tal y como señala la máquina. Misma fecha en el film y en la película. Y, al igual que en la obra literaria, el protagonista termina parando su máquina al lado de una gran efigie que se aposenta sobre un enorme pedestal, y que han sustituido a su desaparecida casa y también a Londres.

 Rod Taylor sale de su máquina y deambula por un paisaje que considera idílico, sin malas hierbas o bestias depredadoras, verde y espléndido, hasta dar con unas personas delicadas y de talla media baja (todas rubias y delgadas), que retozan a la orilla de un río y que, lejos de ayudar a una de ellas arrastrada por la corriente, se limitan a mirarla sin hacer nada. Aquí el viajero se lanzará al agua y rescatará a la contrapartida femenina del film, Weena. Después, junto al resto, acudirán a un gran edificio medio derruido donde comerán fruta y él intentará entablar conversación, sin éxito, no porque no hablen el mismo idioma (que lo hacen, contrariando el espíritu de Wells, porque en su novela los Elois, habitantes del futuro, parlotean una lengua dulcísima pero incomprensible para el crononauta), sino porque no tienen interés en lo que pregunta o cuenta el viajero. Vemos, pues, que la vertiente política está ausente en el film.

Y está ausente porque en la novela, y tras encontrar un paisaje limpio y roto solo por grandes edificios donde sospecha se reúne la población, el protagonista deduce que debe de tratarse de una sociedad comunista, e incluso valora y aplaude ese cambio de economía y de relaciones sociales, entre las que comprende el matrimonio, la familia y las fuerzas económicas. Una sociedad avanzada, para Wells era sinónimo de socialismo. En una película británica de los sesenta del siglo XX es más que comprensible que se omita esta referencia porque políticamente no era del agrado de los productores y significaba dar argumentos al enemigo ideológico del otro lado del muro.

The time machine

Es en el apartado de los Morlocks, los seres que viven en las entrañas de la tierra, donde la película se separa bastante de la novela. Hay muchas variantes, algunas de ellas son: los morlocks capturan a los elois que van a devorar mediante grandes sirenas que los llaman y convocan a las plataformas situadas bajo las estatuas, y no saliendo por la noche para cazarlos en la oscuridad; la diferencia de ambas especies se justifica porque miles de años antes el ser humano se dividió entre los que optaron por quedarse al aire libre y los que huyeron al interior de la tierra para no respirar la contaminación, y no, como se dice en la novela, debido a una diferenciación de clases, muy definida por H.G.Wells, ya que los morlocks son los descendientes de los obreros, condenados a trabajar en las cavernas, y los elois los hijos de los burgueses y la aristocracia dominante.

            Como buena película de la época el final no podía ser tan trágico como en la novela. El Happy End típico de Hollywood aparece también en la industria cinematográfica británica. De hecho, en la novela y la película el protagonista recupera su máquina del tiempo, pero en la obra del novelista Weena se da por desaparecida o muerta, y en la película, no, además de que en el film de George Pal los morlocks acaban siendo destruidos por la lucha conjunta del protagonista y los elois, cosa que no ocurre en la novela, bastante más pesimista en ese aspecto, porque los morlocks no son destruidos en su totalidad.

            Todo el mundo recuerda el final de la película, donde Rod Taylor mueve su máquina de lugar para colocarla alejada del monolito donde la escondieron los morlocks, y vuelve al futuro para reencontrarse con Weena y, merced a algunos libros que lleva consigo, crear una civilización nueva. En cambio, en la novela, el crononauta, al recuperar su artefacto, viaja por error a un futuro de millones de años, y se encuentra una Tierra sin luna, agonizante bajo un sol rojo que también muere. Solo después de contemplar el horror de la nada que espera a la humanidad, volverá a su época, contará sus aventuras y se marchará de nuevo, aunque ni el autor ni el narrador nos dirán si lo hizo al pasado o al futuro. ¿Quizá al mismo donde encontrara y perdiera a Weena?

The time machine

¿Y si fuese así?, y aquí el lector tendrá que bucear en las contradicciones del viaje en el tiempo, ¿se encontrará el crononauta consigo mismo salvando a Weena? ¿Volverá y cambiará la máquina de sitio e intentará salvar a los elois combatiendo a sus enemigos morlocks? O, por el contrario ¿lo encontraremos en el pasado, inmerso en los acontecimientos más importantes de la historia?

            La película de George Pal, y con Rod Taylor como George, e Ivette Mimieux como Weena, es una delicia que se puede visionar muchas veces sin perder el encanto de las películas de la época, y tiene un final optimista pero que no da lugar a dobles interpretaciones. El espectador sabe que Rod Taylor volverá con su amada, y que salvará a una humanidad perezosa y abúlica a través de la ciencia.

            En la novela, en cambio, ese halo optimista se pierde. Fiel a su opinión de la humanidad, no muy optimista, H.G. Wells nos dice que el futuro será terrible, y que la decadencia de la raza acaecerá mucho antes que la del propio planeta. Ni siquiera se plantea la paradoja espaciotemporal de que el crononauta vuelva a unos minutos antes de la desaparición de Weena para recuperar su amor. Simplemente, desaparece de la historia camino de no se sabe qué senderos. Sin lugar a dudas, la obra de Wells es redonda en ese aspecto, y hace pensar al lector, al que deja con ganas de mucho más

Fotos: Metro-Goldwyn-Mayer, Alma Books. 


Francisco J. Segovia RamosEspaña

Francisco Segovia  Ramos

Granada, España, 1962. Ha ganado, entre otros: el IV Certamen de Relato del Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror La Mano, de Alcobendas, Madrid; el I Certamen de Novela Corta de lectura Fácil; el IV Certamen Internacional de novela de ciencia ficción “Alternis Mundi”; el XXVII Premio de Prosa de Moriles; el II Certamen de Cuentos “Primero de Mayo”, Argentina; y el I Premio de Novela corta de lectura fácil. Obras: “El hombre tras el monstruo” (2017), “La Promesa” (2015), “Los Náufragos del Aurora” (2015), “Viajero de todos los mundos”, (2014), “Los sueños muertos”, (2013), “Lo que cuentan las sombras”, (2010); “El Aniversario” (2007). Partícipe en numerosas antologías de poesía y relato con otros autores. Otras actividades: Colaborador en revistas y periódicos digitales. Participa habitualmente en la Semana Gótica de Madrid. Miembro de la Asociación española de Fantasía, ciencia ficción y terror, AEFCFT.

En su bitácora literaria personal puede seguirse su trayectoria:

http://franciscojsegoviaramos.blogspot.com.es/

 

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