CRONISTAS DE ÓMICRON: Al final del negro laberinto

Alvaro solo

 Por Álvaro Morales

 

 

Ludendorff no podía creer que de eso se tratara todo. La última sala en la cima-fondo de la montaña-abismo estaba vacía. Las paredes circulares de piedra, tramo final del último espiral del laberinto, terminaban en la nada. El arco formaba la sala circular. Encima, en el cielo, las dos estrellas gigantes, una azul, la otra apenas verdosa, ocupaban el centro exacto del enorme complejo y parecían rotar siguiendo el circulo de piedra. Había recorrido los nueve planos del centro, deambulando por las habitaciones vacías de los nueve palacios, apagando sus furores bélicos en los rincones habitados tan sólo por la humedad y por interminables ecos. Había superado el puente helado-de-fuego del borde. Se suponía que se hallaba más allá de todo, en un punto por encima del límite, el último escollo del universo, la postrera cima que se alzaba y se hundía en la frontera de la materia. Y había encontrado el laberinto negro, el inmaculado resto de la demencia en la que cayeron los grandes demiurgos. Sabía que detrás de su negro recorrido se hallaba el último de ellos que aún podía considerarse vivo. En darle término a su locura, Ludendorff veía la expiación de sus propios pecados, el alzamiento sobre el sinsentido de la materia y de la realidad, la liberación de las cadenas que retenían su espíritu. Pero una vez más se encontraba en la nada. Al final del gigantesco laberinto no había nada, salvo una especie de colina oscura y una roca informe del aspecto del carbón. Consideró que eso que parecía una piedra negra en el centro de la sala bien pudo en otra época ser un trono, que era lo que desde el principio esperaba encontrar, y que el tiempo había sabido deformar hasta volverlo irreconocible; y confirmaba esta idea en el asomo de lo que pudieron ser unos ángulos rectos. Dónde estaba ese olvidado dios loco. Ese testigo de la extracción del cosmos de la nada, dueño de la única llave para la última  puerta hacía las regiones más elevadas. Matándolo, liberaría al universo de esa inmunda verdad, de la corroboración de la intencionalidad de todo lo creado. Luego, la inmensidad podría de una vez por todas deambular sola.

No sabía cuánto tiempo había demorado en llegar, pero sí que el tiempo no parecía relevante en ese lugar. Bien la eternidad pudo haber enloquecido a los dioses, bien pudo hacerlo con cualquiera. No había pensado en un camino de regreso. Hasta ahí lo conducían sus pasos, por lo que la única forma de volver a su transporte era andando afuera del palacio y de la roca misma. Tomó asiento en la piedra negra. Recordó cuando había alzado la vista por sobre el borde deteriorado. Había visto el primer palacio creyéndolo el único, y lo había invadido con toda la furia que hervía en su sangre. Dentro de este monumento silencioso descubrió que había otras ocho capitales más adelante. Conoció el comienzo de la historia primitiva de la creación. Habían sido nueve los demiurgos, uno en cada palacio que era como un mundo en sí mismo. Pero éste estaba vacío. Sus altas paredes blancas resplandecían con un remanente del brillo de otras eras. Así había seguido. Su viaje parecía haber durado una eternidad. En el cuarto palacio, entre sus ennegrecidas paredes de oro, descubrió el porqué de esa desolación. Había ocurrido una guerra entre los dioses y la mayoría habían muerto. En el sexto palacio descubrió que su dueño había abandonado el plano de la realidad, aceptando su fracaso, y que antes de enloquecer, o durante el proceso, utilizó su llave y ascendió. En el séptimo, entendió lo que había ocurrido. Dos demiurgos habían sobrevivido a la guerra. En el octavo palacio entendió que sólo quedaba uno, que aún vivía en el noveno, una colosal roca negra que se elevaba sobre el abismo, amparado en las justificaciones que le podía brindar la locura. El espíritu le había vuelto al cuerpo con esta última revelación. Había llegado con muchas preguntas, ahora tal vez podría irse con alguna respuesta.

Asaltó el palacio con los bríos necesarios para enfrentar al más antiguo de los ejércitos. Pero en su lugar sólo fue encontrando salas vacías, inmensos salones plagados de polvo, gigantescas bóvedas donde no quedaba ni el aire glorioso que suele habitar en las ruinas que han visto de cerca la historia. Nada quedaba. Al final de la última sala, el laberinto negro, hecho para perder a cualquier hombre, o para encontrar al primero.

Ahora, sentado en esa piedra derretida que pudo ser un trono, pensaba cómo podría recorrer todo el camino de regreso. Alzó la vista hacia el cielo. Era fácil perder la noción del tiempo en ese lugar, porque el firmamento estaba fijo. El preciso movimiento de todos los astros hacía que el cielo siempre fuera el mismo. Estaba plagado de las estrellas gigantes más viejas del universo, todos sistemas binarios, una azul, la otra verde; su resplandor creaba el efecto de que toda la circunferencia del horizonte pareciera carente de estrellas.

Cómo podría rehacer su camino sin esfuerzo físico. Ese pensamiento ocupaba su tiempo. Pensó que sería bueno poder volar, poder transportarse. Luego, pensó que en efecto podría volar, que si alzaba sus brazos como alas y lo deseaba con suficiente confianza era algo que podía ocurrir. En un instante estaría en el transporte, o ni lo necesitaría, podría ir hasta cualquier lugar al que deseara con sólo pensarlo. De otra forma, también podría transformarse en otra persona, adquirir sus recuerdos como propios. Se desencantó durante un instante y por enésima vez pensó que ese lugar manifestaba todo el tiempo su propensión a la locura. A pesar de todo su misticismo de tiempo detenido, de eterno paisaje como congelado, a pesar de su hermosura primigenia, la bruma bajando lenta desde las alturas, empapada de una mezcla indecisa de azul y verde, como fluidos que se atraen pero no se mezclan, a pesar de todo eso y de mucho más, la mente y la conciencia parecían no tener allí lugar. La fantasmal figura del inmenso palacio recortado contra el continuo flujo del borde le trajo a la memoria una profecía.

Ludendorff tuvo al instante una revelación. Entendió el secreto del noveno palacio y de su misterioso ocupante,  las razones del aparente abandono, los motivos de la guerra, del fracaso, de la retirada. Lo supo todo. En un fugaz instante en su trono derruido, las estrellas gigantes rotaron sobre su cabeza, el abismo pareció temblar, el borde detenerse. Recordó el tiempo en que había invadido los otros palacios, y aún antes, cuando gustaba de la sociedad. Ludendorff lo recordó todo. Pensó en lo inútil de sumergirse en los recuerdos del pasado remoto, tanto como para poder tratarse de recuerdos de otras personas, fragmentos que la imaginación rellenaba de la forma que más le convenía. Supo que en efecto ese lugar producía locura, pero que ésta se había arraigado allí con la sangre que había regado la tierra, con los astros que habían muerto y esparcido sus cenizas a lo largo de su yerma planicie, y sobre todo con aquellos que fueron dejados por el camino. Ludendorff comprendió que el dios loco, era él.

Foto: Pixabay


 

Alvaro solouruguay-162455_640

Álvaro Morales

Soy Licenciado en Psicología y Psicoterapeuta. Tengo unas sesenta publicaciones literarias en revistas y en antologías, y unos 10 artículos académicos. Dentro de las más destacadas puedo nombrar: tercera mención en el concurso “Juan Carlos Onetti, 2016”, con un libro titulado “Terinta y tres tistres tirges”; novela corta “El otro Montevideo” a través de la editorial Kodama Cartonera, en Tijuana, México; selección en Ruido blanco 3, 4 y 6; revistas digitales Axxón y El Narratorio.

 

 

 

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