HISTÓMICRON: Frankenstein: ¿Cybor, androide o zombie?

Jorge Miño

Por Jorge Valentín Miño

 

En consenso internacional, la cuna oficial de la CF sitúa como epicentro a la villa Diodati, palacete a orillas del lago Léman en Suiza, donde ve la luz el engendro Frankestein; su progenitora Mary Shelley (1816) refiere los pormenores de este singular parto:

Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad rayada en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama, vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo. (Shelley 2000: 14).

Año 1815, a los escasos 18 años de edad, Shelley sufre  el fallecimiento de su hija nacida prematuramente. Habiendo vivido así los candores de la maternidad y en el anverso de esa amarga moneda la estocada de la muerte, no es extraño que gane carga emocional y se exorcice literariamente de este avatar; no precisa maginar demasiado sino explotar, de viva fuente, este dolor para recrear con verosimilitud su monstruo literario.

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En plan de recuperación emocional abandona un Londres sitiado por las máquinas gestantes de la revolución preindustrial, acuden con la idea de disfrutar un paradójico verano en Suiza; la acompañan cuatro viajeros más: su esposo Percy Shelley, su hermana Clare Clairmont, el poeta Lord Byron y su médico de cabecera e intelectual aficionado a la literatura William Polidori. Su estadía coincide con un año 1816 de singulares características, registrado para los anales bajo infaustos apelativos tales como “año sin verano”, “el verano que nunca fue”, “mil ochocientos hielo y muerte”; la causa gravita en la erupción del volcán Tambora (5 de abril de 1815), coloso situado muy lejos, precisamente en Indonesia que con la vomitona de 1.500.000 toneladas de polvo mengua dramáticamente  la luz solar e instaura un riguroso y obligado invierno volcánico. El alumbramiento de Frankestein está acompañado de esta singular caída en unos grados de la temperatura del planeta, matizado con inusuales nevadas en lugares cercanos al trópico y abundantes lluvias en los polos.

Apenas se hospedan son sitiados por una persistente lluvia. Con el tiempo de reclusión obligatoria y  abatidos por el tedio el grupo decide para, abrigados por la chimenea y el regosto entre amigos, entretenerse inventado historias de terror. Resultado de este ejercicio intelectual Mary Shelley concibe a Frankestein mientras que Polidori escribe la obra  El vampiro,  que servirá de inspiración a Bram Stocker (1897) para el celebérrimo Drácula.

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Es recurrente que la Ciencia Ficción trate los temas de su presente en forma de crítica, en consecuencia Shelley adereza su trama apoyada en los avances científicos de su época asociados a la electricidad. La autora conocía de las experiencias de Galvani (1780) quien había demostrado que la médula espinal de una rana muerta reaccionaba ante pequeñas descargas eléctricas; lo descubre por casualidad mientras disecaba la pata de una rana y su bisturí casualmente toca un gancho de cobre que produce una descarga que contrae la extremidad. Infiere erróneamente que la electricidad es propia de los animales y bautiza el hecho como “electricidad animal”. Es su colega Alessandro Volta (1800), quien desvirtúa la conjetura sacudiendo cadáveres humanos, vía electroshock, para hacerlos bailar en la “danza de las convulsiones tónicas”. En mejor conclusión, afirma que “el organismo ya cesado conserva la capacidad de conducir los impulsos”.

En época moderna Stanley Miller y Harold Clayton (1953), plantean que la vida podría originarse espontáneamente y llevan a cabo un experimento que recrea en laboratorio el origen de la vida. Preparan una sopa molecular de metano, amoníaco, dióxido de carbono, hidrógeno y agua  a la que aplican una descarga de 60.000 voltios y consiguen así formar los aminoácidos claves en la arquitectura orgánica. Pero la imaginación de Shelley ya había superado mucho antes esta andanada de electrones; levanta a Víctor Frankestein sacudiéndolo con 100.000.000 de voltios que es el veneno fijado en los colmillos de un relámpago. Con tremendo voltaje su engendro queda firmes de por vida entre los estantes de miles de lectores, inclusive aquellos poco asiduos a la Ciencia Ficción.

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Pero ¿qué es Víctor Frankestein? ¿androide, cybor o zombie?

El espantajo cumple parcialmente con ser un androide por lo antropomorfo, autónomo; imita bien aunque de forma grotesca el aspecto físico y guarda un fiable apego a la conducta humana; sin embargo el androide químicamente puro es de bases robóticas, sintéticas y Franky es biológico. Una distinción del androide es el autómata, una máquina automática programable capaz de realizar determinadas operaciones de manera autónoma, sin embargo Franky tiene albedrío y los dictámenes de su corazón se dan por lance propio.

¿Franky calificará como cybor? Esta categorización requiere la convivencia de elementos biológicos con dispositivos cibernéticos mientras que Franky es pura carne, huesos, sangre y grasa; interviene sí en su gestación un toque mecánico, por la anuencia de la electricidad y su anclaje a algún tornillo o aldabón metálico, pero se diluye este componente  como la chispa que enciende la bomba y no se queda con ella para la explosión.

 ¿Por lo tanto qué es Franky? ¿Un zombie acaso? Sí, es un muerto viviente por su condición de que haber sido levantado de entre los muertos, esto lo comparte también el Golem (1915) de Meyer (1868). El identikit de un zombie indica: atrapado por la rutina y el aburrimiento, lento, torpe, deprimido y bajo estas cualidades Franky se ciñe los laureles del zombie aunque exponencialmente más listo, pero Franky no zombifica con una mordida y lo de que vaya a  morir solo con un disparo en la cabeza queda en la duda pues la obra no lo aborda y ninguno de los aldeanos tuvo la iniciativa de probarlo, tampoco Shelley hizo una nueva entrega donde pudo haber dotado a su espécimen de rasgos mutantes con funciones más allá de las humanas tipo Resident Evil. Su criatura murió quemada no con un tiro y en la novela no hay revelaciones de que haya mordido a alguien y por lo tanto carece de vestigios de zombificación (contagio). Se observa que tiene despiertos y utiliza bien sus cinco sentidos; esa es la piedra de toque que lo baja de la camioneta zombie porque los zombies solo utilizan uno o dos sentidos a lo mucho.

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Si no es zombie, androide o cybor; entonces Frankestein es humano.

Su facultad de amar fortalece esta afirmación. Esta “bestia” parida de los sepulcros ama desbordadamente, tiene un corazón rebosante de candidez; tal es así su ímpetu de amar y anhelo de ser amado que pide a su creador le fabrique una Eva:

Estoy solo, soy desdichado; nadie quiere compartir mi vida, sólo alguien tan deforme y horrible como yo podría concederme su amor. Mi compañera deberá ser igual que yo y tener mis mismos defectos. Tú deberás crear este ser. (Shelley 2000: 42).

 

Frankestein es humano, por su compromiso de encarnar al hombre moderno autoexiliado del amor, con dificultades para cristalizar en una sociedad demarcada por la incomunicación, además de  absorbida por la creciente dependencia hacia las máquinas.

La NASA afirma que es bastante común encontrar planetas orbitando soles dobles, esta pauta se cumple también en la Villa Diodati donde intuyo que en el parto hubo mellizos. Júzguelo usted mismo con la lectura del poema “Darkness” compuesto por Byron en esa noche de cautividad y libertad creadora. Allí nació también la poesía de Ciencia Ficción. Este inquietante poema también fluctúa entre lo vivo y lo clínicamente muerto:

Darkness

Tuve un sueño, que no fue un sueño.

El sol se había extinguido y las estrellas

vagaban a oscuras en el espacio eterno.

Sin luz y sin rumbo, la helada tierra

oscilaba ciega y negra en el cielo sin luna.

Llegó el alba y se fue.

Y llegó de nuevo, sin traer el día.

Y el hombre olvidó sus pasiones

en el abismo de su desolación.(…)

Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,

Y nada se movía en sus silenciosos abismos;

Los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,

Y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían

Dormían en el abismo sin un vaivén –

Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,

Antes ya había expirado su señora la luna;

Los vientos se marchitaron en el aire estancado,

las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba

De su ayuda – Ella era el universo. (Byron: 1816)

 

Fotos: Frankenstein/ Editorial Anaya 

            Franskestein / Universal Pictures / 1931

 


Jorge Miñoecuador-26986_640

Jorge Valentín Miño

Quito, 1966. Lic. en Publicidad y Msc en Educación y Desarrollo Social. Doctorando en Didáctica de la Lengua por la Universidad de Extremadura, España. Docente de la Universidad Tecnológica Equinoccial. Escritor. Ocho premios internacionales y tres nacionales de relato. Autor de la novela de corte fantástico “El crayón Púrpura” y dos libros de relatos de Ciencia Ficción: “Begonias en el Campo de Marte” e “Identidad”. Consta en nueve antologías internacionales y sus cuentos han sido traducidos al francés. Forma parte de “Qubit Nueva Antología de la Ciencia Ficción Latinoamericana”. Edit Casa de las Américas. La Habana Cuba 2013.

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