CRONISTAS DE ÓMICRON: Para acabar todas las guerras

Matias Carnevale

Por Matías Carnevale

 

Liverpool, 25 de mayo de 1941

Querido hijo,

Escribo estas líneas para que no olvides parte de nuestra historia. Han dicho que el que no conoce su historia está condenado a repetirla, y para evitar eso es que te envío esta carta. No te he contado sobre esto hasta ahora porque temí que me tomaras por loco, o por tonto. Fui el mejor padre que pude ser, y ya sabes cómo bromeamos a veces sobre que no hay una escuela para padres. Aprendemos sobre la marcha, a los tumbos. Ahora que estás lejos, en pleno combate con unos hombres que parecen monstruos de mirada fría y nervios de acero, debo remitirte mi historia.

Fui escribiéndola en un diario que mantuve a resguardo por todos estos años. Hoy lo saqué de su escondite para recordar los eventos de entonces, y contar con la evidencia que la escritura provee pese al paso del tiempo. Si no crees mi versión, espero que al menos la consideres plausible. Ya sabes que una de mis metas en esta dura vida ha sido ir con la verdad como estandarte, en un mundo lleno de engaños y traiciones.

Recuerda que si hay maldad en este mundo es porque a alguien le conviene. En su economía, quiero decir. El mundo se ha achicado considerablemente desde aquellas épocas, y sus dueños son menos que antes.

Kenneth John Jones,

Soldado

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1 de enero de 1917: Los avances de nuestras tropas son pocos, y vamos dando pasitos como de gato. Los krauts y sus temibles armas son, por momentos, demasiado para nosotros. Sus obuses hacen añicos nuestras torpes trincheras, que debemos reconstruir de tanto en tanto.

Intuyo que nuestras vidas, y las del mundo entero, no serán las mismas después de este conflicto.

7 de enero: Metros más, metros menos, queda entre ellos y nosotros una tierra de nadie por la cual peleamos incesantemente. Tenemos máscaras de gas que resultan inservibles. El pobre Walter Lamb, un muchachito de York, murió asfixiado por la mañana, terminando sus días bajo el tenue sol dando horrendos estertores.

6 de febrero: Estuve casi un mes sin escribir. Diario, querido diario. Si vencemos, como nos prometen, no dejaré nunca de escribir lo que piense o sienta. Aunque fugaces, es uno de los pocos placeres que nos permitimos entre las tareas diarias. Los demás fuman o cuentan historias sobre sus visitas a los music halls de las grandes ciudades. Yo pienso en Betty, y en Richard. Hace meses que no recibo noticias de ellos. Temo que mi familia me dé por muerto antes de la cuenta.

14 de febrero: Cada día recibimos órdenes que nadie desea seguir pero pocos se atreven a desobedecer. A Marston, un chico de familia cuáquera, lo ejecutaron en un consejo marcial por tener una crisis de conciencia en la trinchera. “No es bueno para la moral del batallón”, dijo nuestro cabo, un flemático etoniano. Recibí carta de Betty. Pensé que los alemanes iban a derribar a nuestras palomas, pero al parecer hubo algún tipo de tregua.

17 de febrero: Pasamos un frío desolador en esta tierra yerma. Tanto, que me cuesta sostener el lápiz. Cuando se acabe la punta, deberé robarle uno a Barnes, hijo de un librero de Reading. Lo siento por el pobre chico, pero si las provisiones escasean, imagino que el lápiz, la tinta y el papel no son prioridades para los que estamos en estas trincheras infernales.

19 de febrero: Una rata furtiva se posó sobre mi mano hoy. El pequeño roedor cosmopolita, sin duda, haría lo mismo en una mano alemana ¡el traidor!

En un alto el fuego, en una de las noches más crudas de este invierno, de un frío igual de invencible que los alemanes, uno de sus centinelas observó una luz cegadora atravesar el cielo encapotado. Creyendo que la bola de fuego (“Das Feuerball!” “Das Feuerball!” gritaba) se trataba de una nueva arma de nuestro bando, el kraut dio la alarma.

Nosotros pensamos lo mismo: creímos que los alemanes habían desarrollado un dirigible que nadie había visto y volaba a velocidades impensadas. Aterrizó en medio del campo, entre nuestras dos trincheras.

El terror que sentimos no puede ser puesto en palabras.

20 de febrero: Puedo escribir estas líneas debido a la perplejidad de nuestros comandantes. El alboroto es grande en ambos bandos, pero nadie sabe qué hacer con el proyectil que ha caído en medio nuestro. Las órdenes que recibimos fueron de guarecernos en la trinchera y esperar. Supongo que los alemanes están siguiendo órdenes similares, porque no hemos escuchado disparos.

21 de febrero: Todo ha sido muy extraño hoy: por la mañana escuchamos un clank clank clank, como de martilleo y febril actividad, de donde había caído el enorme proyectil. Wilde, el más creativo de nuestro batallón, dijo que se trataba de una nave marciana. Según él, que al parecer pudo asomar la cabeza sin que lo viera el sargento, el rítmico sonido provenía de unas máquinas saliendo del interior de la gigantesca bala, que calculó de unos cien metros de largo. Unos seres horripilantes, polípodos, las conducían y se apostaban a ambos lados del proyectil, hacia nosotros y hacia los alemanes.

22 de febrero: Hasta ayer nadie creía la versión de Wilde. Ya en 1899 el astrónomo Ogilvy había hablado de vida marciana, y el irlandés Burton divisó canales artificiales en la superficie del planeta rojo. Según recuerdo, y así me lo permite mi estado mental actual, hubo un silencio generalizado al respecto, excepto por algunos artículos periodísticos sueltos. Los académicos se burlaron de la idea, y sólo hubo un puñado de aventureros que investigaron el asunto. Pickering viajó al Perú, y en Arequipa vio lagos y mares en Marte. Hoy, para asombro de todos, confirmamos que aquellas observaciones eran fehacientes y no producto del láudano. Hemos sido varios los que asomamos la cabeza por la banqueta de apoyo y vimos lo que Wilde reportó: las máquinas que daban hacia nosotros sumaban una centena, y se erigían peligrosas y altaneras como leviatanes.

23 de febrero: El horror del día de hoy sólo me permite escribir esto: las máquinas comenzaron a lanzar rayos mortíferos hacia nuestra trinchera y la de los alemanes. La orden fue repeler el ataque, y cayeron quinientos de los nuestros en un instante. Los disparos de nuestras Vickers no hicieron más que cosquillas a los monstruos.

24 de febrero: Las máquinas siguen fijas a un lado del proyectil. Nadie sabe nada. El Tte. General Boutade, trabajando en conjunto con nuestra comandancia, ha dispuesto enviar espías a la nave.

25 de febrero: Chesterton y Conrad cayeron fulminados por el rayo de las máquinas. Su alcance es prodigioso: hemos estimado que pueden detonarlo hasta a un kilómetro de distancia.

26 de febrero: Pienso en mi familia, pero nos han prohibido escribirles respecto de lo que está sucediendo. La censura se ha intensificado. Los marcianos parecen avanzar hacia nuestra posición, lentamente. Los movimientos de las máquinas son torpes. Los aparatos, no obstante, son prueba de una ingeniería muy avanzada. El metal con el que están construidos brilla en la oscuridad de forma ominosa. Se habla de un ataque aéreo por parte de nuestros aliados franceses.

27 de febrero: El bombardeo fue desastroso. Las máquinas hicieron añicos a las enclenques aeronaves. Para nuestra repugnancia, vimos a los monstruos que manejan las máquinas alimentarse de los cuerpos de los pilotos.

28 de febrero: El alto mando ha decidido enviar a un par de los nuestros para entablar relaciones con los alemanes. Las comunicaciones están cortadas con nuestros hogares, y con el resto del mundo. Nos quedan pocas provisiones y las municiones escasean. El cabo Williams murió de tifus hoy, y no hubo entierro para él, sólo antorcha.

2 de marzo: La estrategia marciana, sea cual sea, parece estar dando resultados. Nos estamos volviendo locos en la trinchera: nos turnamos para dormir, pero nadie puede conciliar el sueño. En nuestros desvaríos, soñamos que los estadounidenses vienen en nuestro auxilio y logramos derrotar a los marcianos.

3 de marzo: Regresan Shaw y Owen con novedades. Al parecer, los alemanes están trabajando con un arma química que podrá vencer las defensas marcianas al asfixiar a los monstruos que manejan las máquinas. Un científico de ellos, Haber, está en eso. También nos enteramos que cayeron otros cinco proyectiles a lo largo y a lo ancho de Europa.

8 de marzo: En un enfrentamiento absurdo ayer, murieron ocho de los nuestros. No aguantaron la locura y salieron con granadas a atacar a las máquinas. Hay tanques en camino.

10 de marzo: Los tanques que enviaron de Inglaterra, la segunda división de Kent, cayeron bajo el rayo mortal de los marcianos, como una lámpara de papel incendiada. Ya no nos quedan más armas que probar.

14 de marzo: Un enviado francés trajo algo de esperanza a nuestro agujero infernal: nos contó que la ganadora del Nobel Marie Curie se halla en Suiza desarrollando un arma secreta. Algo que tiene que ver con la radioactividad. Los marcianos avanzaron algunos cientos de metros desde el ataque de los tanques. Tememos por nuestras vidas.

17 de marzo: Doce de los nuestros murieron de inanición hoy. Uno de los marcianos bajó hasta nuestra trinchera, y se apoderó del cuerpo de uno de los soldados fallecidos. La acción, subrepticia y temeraria, nos llenó de ira. Gastamos todas nuestras municiones en ese monstruo asqueroso, que salió huyendo hacia donde estaban las otras máquinas.

19 de marzo: Las máquinas marcianas avanzaron otro tanto, como si hubieran recibido órdenes más precisas desde el proyectil que los depositó en esta tierra derruida. Venían hacia nosotros como peones en un tablero de ajedrez, en línea recta. El rayo que disparaban cubría un radio de 360 grados, con eso les bastaba para atacar y defenderse. Hay rumores de un pronto ataque combinado.

27 de marzo: De alguna manera, nos mantuvimos vivos hasta ahora, y en una mezcla de locura y esperanza creemos que seguiremos respirando hasta derrotar a los invasores. Su táctica de avance paulatino sigue siendo desconcertante.

30 de marzo: Nuestro ataque en conjunto con los alemanes logró destruir las filas de los marcianos. Llegaron refuerzos de Canadá, Australia y nueva Zelanda, y usamos una bomba radioactiva que dejó un cráter de cincuenta metros de diámetro; los alemanes, por su parte, emplearon varios proyectiles disparados desde la Gran Berta, con una mezcla de químicos corrosivos y tóxicos. Los marcianos salieron ahogados de las máquinas, cayendo bajo el peso de nuestra atmósfera y los gases que las balas alemanas liberaron al estallar.

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Por todos estos años hubo un encubrimiento feroz respecto de los eventos que aquí te relato. Cómo lo han logrado, no lo sé. Lo cierto es que los medios de comunicación suelen ponerse del lado del poder, contribuyendo así a establecer un relato oficial, una forma de entender la historia.

No obstante, creo que el fin de la guerra fue precipitado por estos hechos, que sucedieron cuando no eras más que un niño. Hoy que las bombas de quienes fueron nuestros aliados por un breve instante caen sobre estas islas, pienso en ti en el frente. Que Dios nos ayude a todos.

Te quiere,

Ken.


Matias Carnevale argentina-162229_640

Matías Carnevale

Escritor, traductor y crítico argentino. Licenciado en lengua inglesa, con orientación en cine y literatura, por la Universidad de San Martín. Ha expuesto en jornadas en Uruguay, Chile y España, y publicado en medios como Buenos Aires Herald, La voz del interior y Los Andes. Tradujo y editó Autogedón, de Heathcote Williams, y es corrector del Journal of Science Fiction, del Museo de ciencia ficción en Washington DC. Se halla trabajando en la edición de dos libros: Historias asombrosas, una colección de relatos propios que pretenden homenajear a tramas clásicas de la ciencia ficción literaria y cinematográfica, y En la tierra como en el cielo, un estudio crítico sobre el cine de ciencia ficción norteamericana de las décadas de los setenta y ochenta.

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